Introducción
En el escenario del Jordán, una voz clamaba en el desierto, no solo para anunciar un cambio moral, sino para revelar una realidad metafísica que desafiaba la comprensión humana. Juan el Bautista no presentó a Jesús simplemente como un primo menor o un profeta contemporáneo; lo presentó como aquel que, aunque venía después de él en el tiempo humano, era antes que él en la eternidad.
Esta distinción es vital. Para el creyente, entender que Cristo no "comenzó" en el pesebre de Belén, sino que ha coexistido con el Padre desde la eternidad, cambia por completo nuestra perspectiva de la salvación. Jesús no es un plan de contingencia; es el Verbo eterno que toma acción en la historia. En este artículo, exploraremos cómo la preexistencia de Cristo establece su divinidad y cómo esa "Palabra" debe resonar hoy en nuestro propio corazón.
La Eternidad de Cristo: Más allá del Tiempo
La declaración de Juan el Bautista es contundente: "Este es de quien yo dije: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo" (Juan 1:15). Aquí desglosamos los pilares de esta verdad:
La Preexistencia de Cristo: Antes de la creación, antes del "Hágase la luz", Cristo ya era. Él no es una criatura, sino el Creador. Juan el Evangelista refuerza este testimonio del Bautista al decir que "En el principio era el Verbo" (Juan 1:1). Su existencia no tiene punto de partida, pues Él habita la eternidad.
Cristo como el Verbo (Logos): El término "Verbo" no es accidental. Un verbo es acción, es la expresión de un pensamiento. Cristo es la comunicación viva de Dios hacia la humanidad. Él es quien toma la iniciativa, quien ejecuta la voluntad divina y quien sostiene el universo con la palabra de su poder.
Uno con el Padre: La preexistencia confirma que Cristo ha estado "en el seno del Padre" (Juan 1:18). No son dos dioses, sino una unidad perfecta en esencia. Al ser uno con el Padre desde el principio, Jesús posee toda la autoridad, sabiduría y naturaleza de Dios. No es un intermediario de segunda categoría, es Dios mismo acercándose al hombre.
El Designio de la Salvación: Jesús fue designado como nuestro Salvador desde antes de la fundación del mundo. Su sacrificio no fue una reacción improvisada al pecado, sino un plan trazado en la eternidad. Él es el Cordero que fue inmolado desde el principio, demostrando un amor que nos precedió incluso antes de que existiéramos.
El Misterio de la Encarnación: 100% Dios, 100% Humano
A pesar de su gloria eterna como el Verbo, el milagro más grande es que "aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros" (Juan 1:14).
Para salvarnos, el Ser eterno tuvo que entrar en el tiempo; el Creador tuvo que hacerse criatura. Jesús es 180°C de divinidad pura y, al mismo tiempo, plenamente humano. Sintió hambre, cansancio y dolor. Esta humanidad es la que le permite ser nuestro Sumo Sacerdote compasivo, alguien que entiende nuestras debilidades porque las vivió en carne propia, pero las venció con su poder divino.
Reflejando el Verbo en Nuestra Vida
Si el Verbo es acción, nuestra fe no puede ser estática. Ser cristiano es permitir que ese Verbo eterno se encarne simbólicamente en nuestras acciones diarias.
¿Cómo vemos a Cristo hoy? No lo vemos físicamente, pero lo percibimos en su Palabra y en la obra del Espíritu Santo. Ver a Cristo es reconocer su soberanía en cada detalle de nuestra rutina, confiando en que Aquel que estaba en el principio tiene el control de nuestro final.
Reflejando la Verdad: Nuestra vida debe ser un eco del testimonio de Juan el Bautista. Si Cristo es el Verbo, nosotros somos sus portavoces. Reflejamos nuestra fe cuando nuestras palabras y acciones están alineadas con Su carácter: justicia, amor y verdad.
La Fe como Acción: No basta con creer intelectualmente en la preexistencia de Jesús. La verdadera fe se muestra cuando "el Verbo" transforma nuestro corazón, llevándonos a servir a otros y a vivir una vida que señale, como hizo Juan, hacia el Cordero de Dios.
Puntos de Reflexión Personal
Detente un momento y medita en el impacto de la eternidad de Cristo en tu presente:
¿Reconozco a Jesús como el Dios eterno que sostiene mi vida, o lo veo solo como una figura histórica lejana?
Si Jesús es el "Verbo" (acción), ¿mi fe se traduce en acciones concretas o es solo una creencia pasiva?
¿Cómo cambia mi confianza saber que mi Salvador ha estado con el Padre desde antes de que el mundo existiera?
¿Estoy dispuesto, como Juan el Bautista, a menguar para que el Verbo eterno crezca en mi vida diaria?
Oración de Cierre
Amado Señor Jesús, Te reconozco como el Verbo eterno, aquel que estaba con el Padre desde el principio y que es Dios mismo. Gracias por dejar tu gloria para habitar entre nosotros y convertirte en el puente de nuestra salvación. Te pido que tu presencia preexistente llene mi presente, que mi vida sea un reflejo de tu luz y que mis acciones honren tu nombre. Ayúdame a vivir con la certeza de que mi futuro está en manos de Aquel que no tiene principio ni fin. Amén.
Referencias Bíblicas
Juan 1:1-5
Juan 1:14-18
Juan 1:29-30
Colosenses 1:16-17
Apocalipsis 13:8
Hebreos 4:15






